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"Mundo Gótico"
EL METAL GÓTICO (Fragmento)*
El Heavy Metal fue en parte responsable del revival gótico, aunque ya con un nuevo acercamiento. Esta fusión no habría sido bien recibida a fines de los ´70s y comienzos de los ´80s, cuando el heavy metal era visto como algo arcaico y fuera de moda. Todas las corrientes que surgieron del punk se consideraban frescas y experimentales, y no hubieran admitido ninguna influencia de los dinosaurios del heavy metal o el hard rock de la década anterior. Una excepción la constituye The Mission, quienes no sólo dejaron en claro que sus fuentes también estaban en Led Zeppelin, sino que incluso contaron con el bajista de estos, John Paul Jones, para la producción de su segundo álbum, “Children”.
Otra diferencia marcada era el carácter “femenino” de la música gótica, contrapuesta a la actitud de “macho” del heavy metal. La década de los ´90s demostraría que los sonidos duros no eran propiedad exclusiva de personas con imagen de motociclistas, y en el gothic metal la estética y las preferencias líricas de lo gótico se combinarían con los elementos del heavy metal extremo sin experimentar conflictos.
El “metal gótico” (gothic metal) no sólo renovó y llevó a nuevas fronteras el concepto de la música gótica. También se constituyó en uno de los aportes más originales que ha dado el rock en los últimos quince años, en una época en que los revivals intentan disimular la ausencia de propuestas que impulsen hacia adelante la creatividad de la música contemporánea. Una descarada copia se disimula disfrazándola de “homenaje”, en detrimento de la experimentación y la audacia, aunque debemos admitir que el rock sustenta buena parte de su longevidad en el diálogo entre la tradición y la innovación. A los más aventurados les puede llevar años hasta que finalmente su propuesta sea reconocida como válida, tanto por los fans como por la prensa, y a veces es demasiado tarde. Veamos a partir de aquí un buen ejemplo.
Durante el primer lustro de la década de los ‘80s, la escena gótica pareció desarrollarse aislada de las corrientes relacionadas con la música pesada que se originaron en las Islas Británicas, tal el caso de la NWOBHM (Nueva Ola de Heavy Metal Británico), el movimiento que desde fines de los 70s forjó la renovación del género, encabezada por nombres como Iron Maiden, Saxon y Def Leppard. La conexión con el heavy metal parecía limitarse a la utilización de algunas técnicas de guitarra y distorsiones ligeramente pesadas, guiños incorporados recién hacia finales de la década por grupos como The Sisters Of Mercy y Christian Death. Pero una auténtica fusión aún era improbable, y menos todavía con aquellas bandas que para ese entonces eran agrupadas en el pujante sector extremo del metal bajo diversas denominaciones: thrash metal, black metal, speed, deathcore, crossover, thrashcore, etc. Estos proclamaban la muerte a los posers, aquellos que privilegiaban la imagen por sobre el contenido (si bien estas camadas, como cualquier otra, solían presentarse con un estricto vestuario que los identificaba). No sólo la música pretendía alcanzar nuevos límites en cuanto a velocidad y brutalidad, sino que muchos de estos músicos estaban embarcados en una cruzada contra las bandas metaleras que ya se habían instalado al tope de los rankings de Estados Unidos. Las provenientes de la costa californiana como Quiet Riot, Mötley Crüe, Ratt y Dokken, y aquellas de larga trayectoria que habían acomodado su imagen a la época, como el desenmascarado Kiss y Twisted Sister.
Bajo el apelativo de black metal trascendió una serie de grupos que poseían en común la inclusión de letras de inspiración satánica, antes que coincidencias en lo musical. Pues a los toscos y frenéticos berridos de Venom y el drama operístico de King Diamond al frente de Mercyful Fate (ambos identificados como los líderes de esta movida) los unía tan sólo el cariz anticristiano y ocultista que latía en sus letras, envueltas en un halo de fantasía en última instancia. Un tercer contendiente se sumó, y pronto haría historia más allá de la adoración de Satanás.
Celtic Frost surgió en Suiza, en 1984, con la banda Hellhammer como directo antecedente, formada un par de años antes. En ella el guitarrista y cantante Tom Warrior (más tarde dejaría este pseudónimo para ser conocido como Thomas Gabriel Fischer), y el bajista Martin Eric Ain grabaron una serie de demos influidos por Venom, aunque con una técnica compositiva e instrumental aún más rudimentaria. Tras el cambio de nombre demostraron un leve avance en las aspiraciones musicales, y con el material de “Morbid Tales” y “Emperor´s Return” (sendos Mini-LPs, de 1984 y 1985 respectivamente), sustentado por riffs y ritmos de batería básicos, sentaron las bases para el black metal tal cual sería definido en l a década siguiente. Asimismo influyeron sobre las futuras generaciones de death metal e incluso de doom, si bien en ese entonces caían de bulto en el lote del thrash metal. El primer LP en regla, “To Mega Therion” (1985), dirigió de forma más enfocada la cruda energía presentada hasta entonces, y sobre todo incorporó breves pero acertadas orquestaciones, que acentuaron el aura oscura que rodeaba a las insistentes guitarras, e incluso se hizo presente por primera vez una voz femenina con un sentido original. En el metal gótico las chicas ya no tendrían que intentar superar a los varones cantando como ellos, sino simplemente utilizando sus voces en un tono decididamente “femenino”. Dos años después de la edición de “To Mega Therion”, estos coros, la pompa orquestal y los pretensiosos climas fueron llevados a un nivel inédito en la música metálica, en la obra que daría vida a todo un nuevo subestilo: “Into The Pandemonium”.
“Queríamos tratar cosas nuevas, no nos gustaban la mayoría de las bandas de heavy metal, todos se apegaban a una sola cosa. Queríamos explorar todo, y volver a la música pesada, es lo que hicimos en el álbum. Éramos muy abiertos como banda”, reveló Thomas Gabriel (Revista Jedbangers # 5, agosto 2003) en referencia a los drásticos cambios experimentados. “Ecléctico” es un buen término para definir a “Into The Pandemonium”, término que en la década siguiente se transformó en habitual, pero que en 1987 no indicaba de por sí un elogio para un grupo de rock pesado. De hecho algunas publicaciones, tal el caso de la inglesa Metal Forces, líder en cuanto a prestigio entre las revistas del género, calificaron al álbum con el puntaje más bajo jamás otorgado en sus reseñas. La voz rasgada tan característica de Thomas había sido reemplazada por una entonación mucho más clara, marcadamente melancólica, que para muchos dentro de la escena extrema representó el signo inequívoco de que la banda se había “ablandado”. Otros simplemente los acusaron más tarde de copiar al grupo Christian Death. “Posiblemente sí, es muy cierto”, se limitó a comentar el cantante de Celtic Frost. Y junto a los ritmos programados y momentos de rock convencional, encendieron la ira de los primeros seguidores. Pero una oída no tan superficial rápidamente nos saca de la presunción de que los suizos se habían “vendido”, el más grande temor en la comunidad thrasher de entonces. Tenemos a “Tristesses de la Lune”, una pieza que sólo presenta un violín intrigante y una cantante lírica, la fastuosidad de “Rex Irae (Requiem)”, donde las cuerdas, la percusión y la voz femenina recargan la asfixiante letanía de Gabriel, y una no menos ampulosa despedida en “Oriental Masquerade”. Composiciones totalmente alejadas de lo comercial, y que de hecho provocaron agrias discusiones con el sello discográfico, Noise.
Ya habían utilizado voces femeninas, aunque la gran diferencia que marcaba “Tristesses de la Lune” era el protagonismo que habían ganado. En el catálogo anterior podemos hablar de atmósferas oníricas; aquí el marco extremo se disipaba por momentos, para dejar al desnudo ambientes oscuros y seductores en toda su plenitud. Y las voces, prestadas o no de una banda en particular, demostraron adecuarse a la perfección a las canciones basadas en guitarras de acordes duros, resaltando los pasajes dramáticos exactamente como lo hacían los artistas que hasta entonces se conocían como góticos. “Básicamente pensamos que encajarían con la música. La música era muy trágica, las letras eran muy tristes, así que experimentamos con un montón de estilos vocales, y estas voces fueron las mejores para este tipo de música”, rememora el líder. La imagen también había mutado, el corpse paint, esa pintura blanca y negra sobre el rostro que buscaba emular el aspecto cadavérico, fue suplantado por verdadero maquillaje y delineador de ojos. “Queríamos excedernos en todo, con el look queríamos realmente poner todo más extremo, más drástico, no solamente con el maquillaje sino también con la ropa. Así fue siempre, hasta el final de Celtic Frost. Siempre exageramos todo”.
Las letras de canciones como “Mesmerized” y “Babyllon Fell (Jade Serpent)” remontan al oyente a inquietantes civilizaciones para siempre perdidas. Mientras que el arte de tapa, consistente en la ampliación de un detalle del panel derecho del tríptico “El Jardín De Las Delicias” de Hieronymus Bosch que se halla en el Museo del Prado, nos adentra en una visión deslumbrante de las profundidades infernales. Celtic Frost había construido sus propios paisajes sonoros en base a ese mismo contraste, donde lo bello era a la vez ominoso. El concepto lírico y la música, chocantes al comienzo de su carrera, se habían vuelto pretensiosos a esta altura aunque eran igual de provocativos.
La búsqueda de lo arriesgado llevó a Celtic Frost a adentrarse de forma deliberada en un formato más accesible en el siguiente álbum, “Cold Lake” (1988), experimento que no resultó, y el propio Thomas Gabriel nos confirmó la opinión general: “Honestamente pensamos que es un pedazo de mierda. Lo odiamos”. Para su próximo paso, “Vanity/Nemesis” (1990), sólo retomaron algunos pocos elementos de “Into The Pandemonium”. Sus taciturnas visiones parecían haber quedado olvidadas pocos años después. Y hubieran permanecido como una excentricidad, de no ser por una joven camada de bandas metálicas británicas dispuestas a forzar el concepto hasta sus límites.
© "Mundo Gótico" César Fuentes Rodríguez
* capítulo escrito en colaboración con Exequiel Núñez
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