"¡Qué órgano es el discurso humano cuando lo emplea un maestro!", dijo Mark Twain del hombre que recorrió los Estados Unidos hablando en favor de la razón y la justicia, uno de los máximos protagonistas de la Edad Dorada del Librepensamiento. Hoy en día que su país se halla en parte anegado en la bestial ignorancia de la religión y las sectas, no está mal recordar el legado de uno que se opuso a la locura con toda su alma.
Si fueras a elegir compañeros en un picado, seguramente te gustaría tener en tu equipo a un talentoso como el Coronel Ingersoll, no sólo un prodigio acomodando los argumentos y las ideas sino también una usina de energía que llevaba hasta la apoteosis la tensión de la polémica y un perfecto caballero de esos que jamás cometen una falta y hasta los réferis admiran.
Ingersoll se ganó sus galones en la guerra de secesión y actuó como abogado en casos sonados, pero su mayor fama le vino por sus habilidades como orador. Corría la segunda mitad del siglo XIX y el mundo estaba cambiando como nunca antes. Los descubrimientos científicos, el progreso industrial, los derechos de las masas, la revolución moral e intelectual, abrían perspectivas maravillosas para Occidente y, no obstante, esas perspectivas se veían lastradas por la superstición, el fanatismo religioso y los prejuicios sociales. Ingersoll no sólo hablaba en los recintos del poder, también se lanzó a los caminos para llegar al hombre de todos los días en aquellos tiempos en que la oratoria representaba una forma de estímulo mental a la par que una fuente de esparcimiento. Sin embargo, su discurso era todo menos complaciente. No sólo se manifestaba a favor de la igualdad racial, de la educación laica e irrestricta y del voto de la mujer, también abogaba por robustecer la doctrina de la total separación del Estado y la Iglesia, viéndola amenazada por el constante prejuicio del cristianismo que corrompía el juicio y los valores humanos con su eterna intolerancia y estupidez. La prédica de la libertad de pensamiento y su denuncia directa y comprometida de la barbarie de la religión le granjearon no pocos enemigos. Así, a pesar de ser un miembro prominente del Partido Republicano, nunca ocupó un cargo más alto que el de Procurador General del Estado de Illinois. Entonces, casi como ahora, declararse no creyente en Estados Unidos equivalía a un suicidio político.
"La libertad del hombre no está segura en las manos de ninguna iglesia" -decía Ingersoll- "Allí donde la Biblia y la espada están asociadas, el hombre es un esclavo". El Coronel no podía imaginarse que un siglo más tarde un presidente de su propio partido llevaría la guerra a Medio Oriente "en nombre de Dios", que le mentiría abiertamente al pueblo y que, aun así, la mitad de ese pueblo lo reelegiría gracias a los más absurdos prejuicios religiosos y nacionalistas.
Al fallecer Ingersoll, en 1899, su cuñado recopiló sus discursos y los preservó para la posteridad. Ciertamente eran magníficos, auténticas canteras de donde extraer citas deslumbrantes y gemas de sabiduría inapreciables, y lo más interesante, tan vigentes hoy en día como cuando fueron pronunciados. Casi no encontré traducciones al castellano, lo cual me pareció una auténtica injusticia, de modo que me tomé la libertad de traducir yo mismo una de sus piezas oratorias más vibrantes, el "Porqué Soy Un Agnóstico" que viene a continuación. Quién sabe, en algún momento tal vez me anime a traducir unas cuantas más como para conformar un pequeño volumen.