Esta nota apareció en Madhouse durante el año 2000. Una retrospectiva de la última década del milenio la haría hoy muy diferente, pero entonces yo la veía así; apenas un ejercicio para evocar y recordar lo que se evocó.

Los Noventas

La Década Infame

Difícilmente los historiadores del futuro recordarán la década que se marcha como una era de brillo exuberante y creatividad desenfrenada. Pero diez años son diez años, y si hay que hacer un balance, mejor hacerlo en caliente, para que duela menos. Un análisis general y somero de corrientes, estilos, modas y engendros en el plano internacional, el ir y venir de las olas y lo que trajeron a la playa, en este informe subjetivo pero intrépido de un auténtico sobreviviente.

 

Vientos de cambio

Es curioso cómo a través de los años fui aceptando la idea de que la música es siempre, en mayor o menor grado, producto directo de la época que la alumbra. Y no cabe duda de que los noventas, con su complaciente amasijo de abulias y confusiones políticas, sociales y espirituales, se vieron reflejados como nunca en las manifestaciones de sus artistas.

A fines de la década pasada, muchos advertían que la escena había llegado a una suerte de callejón sin salida. Las vertientes más duras se habían tomado revancha de los años de recesión y copaban la parada indiscriminadamente. La música pesada dominaba ahora los clubes y las disquerías, en ocasiones contrarrestando metro a metro los éxitos de Madonna y Michael Jackson, y hasta las corrientes más extremas conocieron la presencia en los charts. Sin embargo, a fines de los ochentas, los síntomas del agotamiento comenzaron a aflorar. Bajo la superficie donde cundía el furor de Guns N'Roses, la novedad del disco compacto y la euforia por la caída del muro de Berlín, un desencanto maligno e indeterminado cocía su lava en la oscuridad aguardando la erupción... o mejor dicho, el hundimiento.

 

 Un universo alternativo

El hecho más sonado de la incipiente década fue la irrupción de nuevas o remendadas formas musicales que a la larga fueron puestas en la misma bolsa de gatos bajo el rótulo de "rock alternativo", aunque nunca se supo a ciencia cierta con respecto a qué se constituían como alternativa. Casi pueden citarse dos frentes: la heterogeneidad absoluta y el "grunge". El primer lote lo integran bandas que operaron como verdaderas licuadoras de estilos, combinando, además del hard rock y el heavy metal, elementos del funk, el hardcore, el rap, el soul, el jazz, el reggae, el blues... en fin, casi no hubo corriente popular que desdeñaran en el contexto norteamericano. Casi todas ellas comenzaron su labor en los postreros ochentas, pero tuvieron su gran momento en el umbral de la nueva década. Faith No More ha sido denominada por muchos "la última agrupación original"; un gran halago, por cierto, que habla del impacto producido, en principio, por "The Real Thing", que pronto se convirtió en un álbum imprescindible en toda esta historia. Los Red Hot Chili Peppers impusieron su veteranía en eso de insuflarle funk a la música pesada y su consagración llegó con "Mother's Milk". Living Colour, por su lado, surgió decidido a tocar rock blanco con el acervo completo de los negros, y otros nombres fuertes como Fishbone y 24-7 Spyz también le pusieron variedad racial a la escena. La virulencia de Jane's Addiction, que incluía toques de hardcore y psicodelia, no pasó tampoco inadvertida. Rage Against The Machine sorprendió tardíamente con su esmerado estilo que introducía hardcore, hip hop y protesta social a mansalva. Infectious Grooves, como proyecto paralelo de Suicidal Tendencies, también constituyó una propuesta audaz para la época. Y acaso no debería dejar de mencionarse el aporte de King's X, auténticos pioneros en la incorporación de influencias, con especial hincapié en el pop de los '60s y el rock sinfónico a lo Rush. Comparado con el uniforme mar de camperas negras de los ochentas, el panorama escénico viró en el arranque hacia el colorinche y los peinados estrafalarios.

La otra faceta del fenómeno tuvo capital propia. Cuna de monstruos como Jimi Hendrix, Queensrÿche o Metal Church, Seattle pasó de rumor sordo y polvareda en lontananza al más desenfrenado fenómeno musical y mediático en pocos meses. Fue una verdadera bola de nieve que barrió todo lo que se le ponía delante. De repente, las bermudas, las leñadoras a cuadros y la depresión crónica se convirtieron en modelos inevitables, relegando por igual los dientes apretados del thrash y el hedonismo de los clubes californianos. El gran detonante fue el inesperado éxito de "Nevermind" de Nirvana, un trío rudimentario que asociaba las tonadas pegadizas del pop, la distorsión de la psicodelia y la virulencia del punk en una alianza quizás poco novedosa pero, a la luz de los acontecimientos, devastadora. Dentro de la misma liga figuraban promesas como Mudhoney, Tad y, hasta cierto punto, la heredera de la malograda Mother Love Bone: Pearl Jam, que tiempo después se convirtió fugazmente en la banda más taquillera del momento. Con las mismas características de las mencionadas antes, sólo que sustituyendo la influencia punk por el poder del rock pesado de los '70s a lo Zeppelin y Sabbath, florecieron Soundgarden y Alice In Chains, con sus particulares estilos vocales y corales, que no tardaron en hacer escuela. Se lo llamó genéricamente "grunge", aludiendo a la distorsión, y el término concordaba de perillas con la actitud gruñona e introvertida que los músicos adoptaban frente a la prensa, el negocio musical y aun el público. Una vez desatada la fiebre, las grandes compañías salieron a la caza de su propio artista grunge, al principio en Seattle, luego a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos. Así surgieron a la fama nombres como los de Soul Asylum, Candlebox, Tool, Collective Soul, Smashing Pumpkins, y cientos menos afortunados. Cuando los Stone Temple Pilots, copiones declarados de Pearl Jam y Alice In Chains, alcanzaron el megaestrellato apenas con su debut, uno podía presentir que la movida tenía los días contados. En efecto, el final no tardó en precipitarse. El vendaval de los medios terminó apagando prematuramente la pequeña y promisoria movida de Seattle, y los artistas se consumieron en aquella locura que duró apenas dos veranos.

La sensación de vacío se agrandó con los ecos de los ídolos desplomados. Y ya sabemos que, históricamente, los movimientos nihilistas son los primeros que tienden a llenar los vacíos. La temporada siguiente, los jóvenes norteamericanos se entregaron a una ingenua mezcla de punk y pop que bautizaron (no menos ingenuamente) "neo-punk", y bendijeron con ventas millonarias los discos de Green Day, Rancid, The Offspring y NOFX.

 

Machaque, segunda parte

El thrash fue el hijo dilecto de los '80s; a fuerza de machaque y velocidad se transformó en la contribución más sólida y original de la escena metálica, y terminó de desplazar el ojo de la tormenta sobre territorio norteamericano, lejos del tradicional predominio inglés en materia de música dura. No obstante, sobre el final de la década, el entusiasmo había decaído. Metallica, Megadeth y Slayer mantuvieron su status de monstruos sagrados, por supuesto, mientras que la segunda línea acusó el golpe, y de toda la camada posterior no parecían surgir figuras para el recambio. El death metal, nacido como una progresión extrema del thrash, tuvo su cuarto de hora pero se estancó rápidamente ahogado por sus obvias limitaciones, y las bandas que buscaron una salida creativa (Nocturnus, Atheist, Cynic, etc.) no prosperaron.

 El arranque de los noventas ofreció una refrescante alternativa a manos de dos grupos que, siguiendo los lineamientos del thrash, encontraron una expresión más novedosa e igualmente brutal: los texanos Pantera pasaron del hard rock a lo Def Leppard a una viciosa forma de thrash que tomó cuerpo en el antológico "Cowboys From Hell" y luego se consolidó con "A Vulgar Display Of Power". Algunos vieron un nuevo subestilo y lo llamaron "groove metal". El énfasis no estaba puesto tanto en la velocidad como en la enjundiosa brutalidad de los riffs de la guitarra de Diamond Darrell y la escena hiperadrenalínica de Phil Anselmo. El otro exponente que revolucionó la movida provino de un país inusual para el rock, Brasil, como confirmando los efectos de la imparable globalización. Sepultura logró con "Chaos A.D." escaparle al fantasma de Slayer y coquetear audazmente con distorsiones casi industriales y yeites de death metal que hicieron de su acto una cita obligatoria con la energía pura.

Pantera y los brasileños marcaron la pauta, pero más allá de algún clon exitoso como Machine Head, o Fight (la banda de Rob Halford), o aun la nueva cara de Anthrax a partir de "Sound Of White Noise", nadie pudo seguirles el paso artísticamente con resultados importantes. Acaso Prong, con su estilo más suelto y callejero, los desconcertantes Helmet, o un par de álbumes del fluctuante Corrosion Of Conformity, puedan recibir mención. Sin embargo, no fue hasta el surgimiento de Fear Factory, con su lúcida combinación de rigor industrial y alternancia de voces podridas y limpias, que se marcó otro verdadero hito. Después de "Demanufacture", la expresión "thrash" pareció desvanecerse...

 

La epidemia electrónica

A principios de los setentas, la revolución tecnológica que modificó los instrumentos de teclado produjo un efecto de dispersión y variedad sonora, con exponentes audaces y bien diferenciados; fue una "explosión". En los noventas, la nueva tecnología ocasionó el efecto contrario, el de homogeneización del sonido, que les confirió a todos los intérpretes características absolutamente similares; se trata de una "implosión". El auge de las computadoras, los sistemas digitales, los samplers, los loopers, y el arsenal completo de los adelantos en materia de grabación y programación, no trajeron la innovación esperada en el terreno creativo. Las primeras noticias llegaron de la mano de los hipnóticos Ministry, que arrastraban desde mediados de la década anterior una oscura carrera, hasta que las miradas se volvieron hacia ellos gracias a discos como "The Mind Is A Terrible Thing To Taste" y "Psalm 69". El otro exponente de cuidado fue el Nine Inch Nails de Trent Reznor, quien luego recibió doble notoriedad apadrinando a Marilyn Manson. Al estilo rebosante de distorsión y repetición mecánica condensado en riffs heavies que crearon se lo denominó genéricamente "metal industrial", pero luego de la promisoria irrupción de estos dos colosos, poco agregaron los epígonos... o ellos mismos. Filter, Godflesh, Stabbing Westward, Die Krupps, Misery Loves Company o Front Line Assembly son sólo algunos de los nombres que ocuparon el panorama sin poblarlo realmente. Y en días más cercanos, Coal Chamber y Atari Teenage Riot se convirtieron en las atracciones de boletería. El caso es que, por más pesados que quieran sonar, la mayoría de los electrónicos nunca han podido despegar cabalmente de sus ritmos discotequeros y sus orígenes tecno y dance, con lo cual permanecen negados por el sector más tradicional y exquisito del heavy metal, por ejemplo. Aunque siempre puede surgir una sorpresa, como la que se llevaron aquellos que presenciaron el show de Kiss de este año con los alemanes Rammstein como apertura.

 

Es algo así como... oscuro

Resulta extraño pensar en ello, pero acaso el aporte más original de la década en materia de música pesada no haya sido, ni con mucho, el más popular. La maraña de etiquetas escondió a menudo la persistente identidad del fenómeno que tiñó de romanticismo y melancolía los entresijos de los noventas. Habrá que conceder que el huevo de la serpiente fue la música más extrema. El pequeño núcleo del death y el grindcore se cerró en torno a bandas como Entombed, Carcass, Obituary, Napalm Death, Morbid Angel, Cannibal Corpse, Death o Atrocity, pero la desilusión no tardó en llegar y el semillero estalló en una diáspora impredecible que lanzó exponentes en todas direcciones. Por otra parte, si los '80s habían hecho un culto de la velocidad, la nueva consigna fue bajar las revoluciones y tomar ejemplo del doom y de las bandas que recrearon a Black Sabbath, como Saint Vitus, Trouble o Candlemass. Así surgieron, en principio, nombres apegados al doom tradicional, como los ingleses Cathedral, que sacudieron la escena under con "Forest Of Equilibrium" y le agregaron a sus álbumes posteriores una pizca de psicodelia, convirtiéndose de forma automática en un antecedente directo del llamado "stoner rock" (donde se inscriben bandas como Kyuss, Monster Magnet, Spiritual Beggars, Fu Manchu, Sheavy o Masters Of Reality, casi todas norteamericanas). Otro gran inspirador del lado oscuro fue Danzig, por lo menos hasta la llegada de "Blackacidevil" y su coqueteo con el mundo industrial; y muchos le señalarán como heredero directo (aun en imagen) al Type O Negative de Pete Steele, que abandonó sus manías de distorsión barata y hardcore en "Bloody Kisses" para transformarse en un musculoso y melancólico vampiro, a partir de entonces también próspero.

No obstante, la gran revolución se dio en Europa. En 1991 una ignota banda británica que tomó su nombre del inmortal poema de John Milton, Paradise Lost, lanza su segundo álbum, "Gothic", que presentaba en su conciliación de contrarios (riffs extremos/atmósferas lánguidas; voz podrida masculina/voz femenina angelical) un auténtico hallazgo. De hecho, tal dialéctica se convirtió más tarde en una moda, la palabra "gótico" pasó a integrar el vocabulario de las nuevas etiquetas, y hasta se dio la coincidencia de que muchos exponentes posteriores hicieron directa referencia a la obra de John Milton (Elend y Ulver a la cabeza). Los paisanos Anathema y My Dying Bride se transformaron en continuadores inmediatos. Las cantantes femeninas comenzaron a surgir a partir de aquel notable yeite, y en especial del año '94 en adelante. La escena subterránea descubrió a Anneke Van Giersbergen en "Mandylion", de los holandeses The Gathering, a Kari Rueslåtten de 3rd And The Mortal en "Tears Laid On Earth" y a Liv Kristine de Theatre Of Tragedy en su álbum debut. Y vendrían otras: Anne Nurmi de Lacrimosa, Martina Hornbacher (Dreams Of Sanity, Therion), Tarja Turunen de Nightwish... Siguen saliendo, y ya no se limitan al contrapunto con la voz masculina.

Son abundantes las bandas que comenzaron como death metal o black metal y luego evolucionaron hacia un sonido cuidado y novedoso, e inclusive muchas de ellas parecen haberse pasado de rosca y apuntan hoy en direcciones que se alejan ostensiblemente del metal. Es el caso de Moonspell, Tiamat o Samael. Luego de haber establecido nuevos standards y categorías para el "gothic metal" (considerar "Wolfheart", "Wildhoney" y "Passage" respectivamente), sus últimos trabajos están claramente inclinados al dark-pop de los ochentas y la música electrónica, a punto de darse la mano en el fin del milenio con los desterrados Paradise Lost. No ha ocurrido eso aún con los finlandeses Amorphis, responsables de uno de los discos más exuberantes de los ochentas, "Elegy", ni con ciertos representantes del denominado "sonido de Gothenburg", como Lake Of Tears, In Flames o Dark Tranquillity (aunque ya han manifestado signos inquietantes). Y mucho menos con Therion, del sueco Christofer Johnsson, en opinión de algunos, el grupo más talentoso y original de la década.

Venom, Mercyful Fate y Bathory inventaron el término "black metal" en los ochentas. Deicide y Morbid Angel volvieron a ponerlo en boca de todos, con una diferencia sustancial: afirmaban creer realmente en el satanismo que predicaban y juraban que lo suyo iba en serio, aunque las definiciones sobre sus creencias eran dispares. Mientras tanto, en Escandinavia, varios grupos comenzaron a desarrollar un death metal vertiginoso, repleto de voces desgarradoras y ocasionales acentos épicos, y a pintarse la cara a la manera de Mercyful Fate. Musicalmente, su potencial sería discutible, pero su prédica diabólica pasó a la acción y algunos miembros de esta llamada "black metal maffia" llevó a cabo absurdos atentados contra iglesias, incendios y destrucción de lápidas en cementerios. Asimismo, Varg Vikernes del grupo Burzum asesinó a puñaladas a su compadre Euronymous, de Mayhem. Estas y otras atrocidades concitaron la atención masiva de la prensa, y terminaron convirtiendo en fenómeno mediático a un estilo que seguramente no merecía semejante atención. Con o sin escándalos de por medio, bandas como Emperor, Darkthrone, Immortal o Satyricon, y más recientemente Dimmu Borgir y los ingleses Cradle Of Filth, se beneficiaron directa o indirectamente de la repercusión. Unas pocas de estas agrupaciones (y otras adyacentes como Arcturus o In The Woods...) lograron crear atmósferas refrescantes a partir del empleo de teclados y recursos audaces en los arreglos. Por lo demás, en los noventas deben haberse formado miles de bandas de adolescentes pintarrajeados que dicen adorar a Satán y copian a mansalva el sonido y el mensaje heredados sin la más mínima pizca de talento o consciencia. A este humilde cronista le resulta increíble que sobre el final del milenio la gente, y sobre todo la del rock, esté tan pendiente de la religión o de la anti-religión. Pero una cosa queda clara: si es verdad que el heavy metal tiene abierta una cuenta corriente en el Banco de la Estupidez, el black metal ha hecho por lejos el depósito más importante de la década.

 

El retorno progresivo

Durante los '80s, la palabras "sinfónico" y "progresivo" estuvieron confinadas a aplicaciones muy limitadas, cuando no directamente desterradas del vocabulario del rock. Eso no impidió que un Marillion vendiera miles de discos o que bandas como Queensrÿche, Mekong Delta, Fates Warning o Watchtower existieran sin recibir tales motes, aun mereciéndolos. En 1989, una ignota banda norteamericana llamada Dream Theater lanzaba su disco debut "When Dream And Day Unite" a contrapelo de las tendencias, y su osadía no pasaría inadvertida. No es que se convirtieran en la cabeza de un movimiento o cosa semejante, sino que su aparición llamó la atención sobre una cierta área musical que se hallaba muy descuidada, y hasta dieron pie a un subestilo denominado "metal progresivo", donde acaso podrían encuadrarse grupos como Magellan, Shadow Gallery, Vanden Plas, Sieges Even, Ivanhoe, Eldritch, Time Machine, Symphony X, Empty Tremor, Threshold y muchos otros de los que constituyen hoy la escena pesada. Y muy pronto los nombres comenzaron a brotar y a generar interés, aunque siempre a un nivel decididamente subterráneo. Por supuesto, otros tantos conjuntos surgieron tratando de emular a sus ídolos de los '70s, y coincidieron con esta revalorización del género, entre los más conspicuos: Pendragon, Spock's Beard, Arena, Anekdoten, Everon, Flower Kings, Pär Lindh Project... aunque la lista sería interminable.

De hecho, la discusión persiste en cuanto a que lo progresivo no debería ser mera recreación del legado de los setentas y por eso algunos han aplicado el apelativo a bandas cuya propuesta dista mucho de lo convencional, caso Primus o Faith No More.

 

El poder del metal

 

La aventura moderna consiste en observar la lucha de las corrientes más melódicas del metal por recuperar el espacio que diez o quince años atrás ocupaban con holgura. Así es cómo un puñado de estilos se encontraron haciendo causa común contra la indiferencia de la prensa y el mercado al agotarse el primer lustro: hard rock, metal progresivo, "metal neoclásico", AOR, y sobre todo heavy y power metal (difícil como sea definir la expresión "power metal", vamos a definirla aquí como heavy metal con un elemento particular de aceleración y abundancia de coros). A pesar de las acciones en baja, nuevos y no tan nuevos exponentes le pusieron el hombro a las circunstancias apoyados en el peso de la tradición y confiados en la legendaria lealtad de la audiencia pesada. Los alemanes lideraron la carga con el esfuerzo ininterrumpido de bandas como Gamma Ray, Grave Digger, Heavens Gate, Rage o Blind Guardian. Estos últimos renovaron el ambiente con su visión épica e hicieron de "Imaginations From The Other Side" o "Nightfall In Middle Earth" referentes obligados. Hasta los rehabilitados Helloween se unieron tardíamente al embate con el impar "Better Than Raw".

 

Las sorpresas llegaron desde lugares impensados del orbe. Como un Quijote solitario, Angra, de Brasil, surgió en la escena y sedujo a todo amante del heavy melódico con la mística de "Holy Land" y la voz soberbia de André Matos. Holanda postuló a Elegy, Suiza a Superior. Italia se convirtió en un auténtico semillero de bandas que brillan por su vitalidad y frescura: Skylark, Domine, Labyrinth, Drakkar, Heimdall, DGM y, por encima de todos, Rhapsody, que con sólo dos discos, "Legendary Tales" y "Symphony Of Enchanted Lands" superaron cualquier enfoque épico preexistente. Dentro de las propuestas más únicas, no se puede dejar de destacar la constancia de los ingleses Skyclad y sus fantasías celtas. El malherido hard rock encontró refugio en tierras niponas, pero no produjo mayores prodigios hasta el surgimiento de Royal Hunt y su personalísima combinación de virtuosismo en los teclados y arreglos despampanantes. La nueva gran promesa se llama Ten, son británicos y con "Spellbound" lograron hacer girar en su dirección las cabezas de los pocos seguidores del estilo que no se habían enterado aún. Volviendo al power metal, los finlandeses Stratovarius, siguiendo estrictamente los postulados de Yngwie Malmsteen y Helloween, se transformaron en otra cabeza de la movida, sobre todo a partir de la incorporación de Jörg Michael y Jens Johansson a sus filas. El presente nos conduce a una suerte de resurgimiento tenaz pero aún modesto de los valores ochenteros del heavy metal, sobre todo en Europa Central, con Alemania como eje, aunque los nuevos conjuntos no son todo lo auspiciosos que deberían para un recambio cabal. Los suecos Hammerfall y los germanos Edguy y Primal Fear (con ex-miembros de Gamma Ray y Sinner) hasta se dieron el lujo de sacudir los charts. Montones de bandas ignotas se copian unas a otras como el perro que quiere morderse la cola, y provocan hoy un efecto de saturación en la escena que peca de contraproducente.

En los arrasados Estados Unidos, algunas bandas tesoneras como New Eden, Kamelot, Destiny's End, Nevermore y Steel Prophet, intentan mantenerse, muy lejos del lote de los sobrevivientes que comandan Savatage, Iced Earth, Virgin Steele, Manowar y Riot, que hoy hacen capote en Alemania y sendas regiones de Europa.

 
Estados Unidos Vs. Resto Del Mundo

Uno de los fenómenos más curiosos de esta década -en la que tanto se habla de globalización- es el de "desconfianza del líder". Desde el nacimiento del rock mismo hasta mediados de los noventas, el mercado estuvo dominado alternativamente por Inglaterra y los Estados Unidos, aunque el protagonismo británico era más bien artístico y sus negocios terminaban cundiendo en Norteamérica. Sin embargo, con la desaparición de Inglaterra como potencia artística (¿fueron acaso The Wildhearts y Manic Street Preachers sus últimos estertores?), y la absoluta inmersión de los Estados Unidos en su torbellino de modas insustanciales, el comportamiento del mundo no resultó uniforme. Por supuesto, el aparato yanqui impulsa mayoritariamente la propaganda cultural que difunde al resto del mundo, y sus artistas siempre llegan más lejos, pero a despecho del bombardeo mediático el mundo ha desarrollado predilecciones paralelas. Así Europa, Japón y, en menor grado, América Latina, se permiten mantener sendos bolsones de opinión propia en materia musical, y se han convertido en mercados interesantes para albergar a las propuestas más castigadas. La aparición de MTV, y su política de rechazo e indiferencia hacia el rock pesado que estrenó a principios de los '90s en favor del grunge y las aberraciones del rap y el hip hop contribuyó a devastar la escena norteamericana. Pero la superficialidad de los medios yanquis fomentó el surgimiento de escenas nacionales casi autónomas en todas partes. Muchas bandas echaron mano al legado folklórico de su país de origen para complementar sus ideas musicales, y el fenómeno de los que cantan en su idioma nativo se hizo cada vez menos infrecuente.

Triunfaron a lo grande, sin embargo, en Estados Unidos dos artistas enraizados en la más cara tradición del heavy metal teatral a lo Alice Cooper, con esa llamativa fórmula que propone asustar y satirizar para seducir: Marilyn Manson y el tremendamente original White Zombie, los que ni siquiera se privaron de utilizar yeites industriales en su música. Por su parte, el viejo y querido Ozzy Osbourne, con su OzzFest, fue la figura que redimensionó los megaeventos metálicos en territorio yanqui.

Para concluir y sin querer sonar tendenciosos, son varios los sectores que opinan que si lo mejor que tienen hoy los Estados Unidos para ofrecerle a la escena pesada son bandas como Korn, Deftones o Limp Bizkit, más vale buscar algo en otro lado.

 

Volver...

Entre los síntomas más poderosos de crisis creativa en la escena de los noventas, surgen las reuniones de grandes e incluso minúsculas bandas, y los famosos "tributos". Empecemos por estos últimos. En una época remota del rock los artistas presentaban discos completos sin temas de su autoría, la figura del intérprete/compositor se consolida plenamente en los '60s con Beatles y Stones, y se vuelve obsesiva en los primeros '70s con la música sinfónica. No obstante, nunca estuvo mal visto incluir algún "cover" como relleno en un álbum. De hecho, en los '80s Iron Maiden solía dejarlos para sus maxis y Metallica no tuvo problemas en lanzar un disco completo de ellos. Pero en los noventas la fiebre de los tributos arrasó el mercado discográfico desde todos los ángulos y explotando todas las posibilidades. Llegó a haber tributos industriales, de orquestas sinfónicas y hasta blueseros a grandes bandas del metal. Seguramente pueden enumerarse varios antecedentes, pero casi no hay dudas de que, en territorio metálico, el disco que desató la tormenta fue "Nativity In Black", el tributo a Black Sabbath lanzado por Sony en 1994 con Megadeth, Sepultura, White Zombie, Biohazard, Bruce Dickinson y una deslumbrante constelación de nombres. Era un disco de bandas que homenajeaban a otra gran banda, procedimiento que luego se volvería común y no habría sello grande o chico que se privara de dedicar algo semejante a los monstruos sagrados. Algunos otros dignos de mención fueron los tributos a Yes (Magna Carta), Judas Priest (Century Media), Aerosmith (Dead Line), y la gran apuesta de este año: el tributo a Ronnie James Dio de Century Media. También hubo bochornos a gran escala, por supuesto, como el horroroso "Encomium" a Led Zeppelin y el insípido "Kiss My Ass" a Kiss.

Hoy casi no queda grupo de mediana ingerencia en la historia del rock sin su álbum tributo debidamente editado, sólo que la idea ha degenerado bastante. ¿No son los tributos a Darkthrone, Demon, Rose Tattoo, Fates Warning o Bad Brains -por citar ejemplos diversos y al azar- un tanto disparatados?

La separación por desgaste o el alejamiento de figuras preponderantes en una banda generaron la danza frenética de las reuniones. En algunos casos, hasta parece que el interés pasa apenas por no desperdiciar un nombre que tuvo predicamento en el pasado. El acontecimiento más promocionado fue, por supuesto, la reunión de los cuatro originales de Black Sabbath después de muchas especulaciones. Ozzy accedió finalmente, pero luego de las monstruosas giras sólo quedó un video y un disco en vivo con apenas dos temas en estudio, antes de que una nueva separación fuese anunciada. Van Halen ensayó el retorno de David Lee Roth, pero las cosas no funcionaron. Mötley Crüe tuvo que llamar de vuelta a Vince Neil. Deep Purple intentó otra efímera reunión del Mark II. Ritchie Blackmore rearmó otro Rainbow antes de que el delirio renacentista lo poseyera con Blackmore's Night. Blackie Lawless volvió a asociar su nombre con el de Chris Holmes en W.A.S.P. Se especuló sobre un nuevo Queen con George Michael al frente, a pesar del escozor que daba la sola idea. Journey regresó con su formación de oro. UFO generó otro interludio fugaz con Michael Schenker. El nombre de Thin Lizzy se paseó de gira sin Phil Lynott, apenas como banda tributo con John Sykes a la cabeza. Jimmy Page y Robert Plant conmovieron a la industria del espectáculo con su vuelta al ruedo, negándose en todo momento a utilizar el nombre de Led Zeppelin. Kiss reunió finalmente a los cuatro fantásticos con pintura y todo en una movida que no por previsible dio menos réditos. Se rejuntaron Ratt, Quiet Riot, Crimson Glory, Nasty Savage, Armored Saint, Metal Church, Mercyful Fate, Scanner, Angel, Destruction, Bad Company, Diamond Head, Dokken, Leatherwolf, The Cult, Blitzkrieg, Venom, Warrior, Tank, Racer X, Krokus, Mountain, Lizzy Borden, L.A. Guns, Lillian Axe, Cheap Trick, Celtic Frost, Candlemass, y la lista continúa insensiblemente con nombres célebres y no tanto. La gran noticia de fin de milenio fue la reincorporación de Bruce Dickinson a Iron Maiden, tras una carrera solista corta pero impecable.

Más allá de los casos individuales, la misma pregunta maliciosa asoma insistentemente: ¿no significa este constante guiño al pasado un reconocimiento de la decadencia presente?...

 

La era del aburrimiento

Acaso no debería asombrarnos tanto el bajón de los '90s. La crisis se manifestó en casi todas las artes y disciplinas. Sólo que el rock no estaba acostumbrado a tales baches. Y no se puede decir que no surgieran bandas; todo lo contrario, hay más de las que somos capaces de digerir. Es más bien como si después del enorme esfuerzo cultural que representaron los '60s, los '70s y en buena medida también los '80s, el panorama se hubiese asentado y ya nada provocara la sorpresa o inspiración de antaño. De hecho, los primeros años de la década fueron muy auspiciosos, y prometían cambios interesantes y profundos, pero no sólo quedó todo en un amague sino que luego el entusiasmo se diluyó tan rápida como inadvertidamente. Quizás en la Argentina tardamos en percatarnos de los vaivenes por la situación particular del país. La paridad cambiaria y la venida en masa de las bandas a tocar acá, luego de la pesadilla de la inflación, prolongaron el espejismo de salud que teníamos de la escena internacional.

El método favorito de la década para encontrar nuevas o cuando menos eficaces formas musicales, fue el reciclaje. La mixtura de estilos o géneros se convirtió en un ejercicio habitual que no siempre se llevó a cabo con talento, y en ocasiones ni siquiera produjo el asombro esperado. Empezamos hablando de cómo el arte es capaz de reflejar la época, y la nueva generación, que de alguna manera recelaba del optimismo y la vocación por el entretenimiento puro de la década anterior, estuvo buscando desesperadamente un mito que no terminaba de aparecer. Finalmente lo encontró en Kurt Cobain, un personaje que parece haberse suicidado a propósito para llenar el hueco en las camisetas, cuando ya Nirvana había hecho todo el circuito de la fama y comenzaba a saturar. Y hay que decir que el bueno de Kurt representa muy bien ese costado adolescente y cansino de su tiempo: la abulia vocacional, los limitados horizontes estéticos, la frivolidad disfrazada de depresión, el panegírico del reviente a lo Jim Morrison, su incongruencia en la condena al establishment... y además el talento de haber creado un puñado de canciones que tal vez no todos amamos, pero sí recordamos.

El rock perdió terreno (y seguidores) a manos de formas musicales en muchos casos menos artísticas y espectaculares. Rap, salsa, dance, pop de consumo, fenómenos regionales como el horror "tropical" de la bailanta, y todos los etcéteras imaginables. Uno termina preguntándose si fue un genuino crecimiento de esos sectores, alentados copiosamente en los medios y convertidos en moda... o si es que el rock no le está dando a la gente lo que la gente quiere o solía encontrar en él.

La respuesta... en el siglo que viene.

 

César Fuentes Rodríguez

 
 
 
 
 
 

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