La anarquía pura se desata sobre el mundo,
La marea cegada por la sangre se desata, y en todas partes
La ceremonia de la inocencia es ahogada;
Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores
Están llenos de apasionada intensidad.
William Butler Yeats. "La Segunda Venida".
Dicen que el 11 de septiembre de 2001 cambió para siempre la historia, a despecho de lo que afirmaban los economistas neoliberales que pensaban que la evolución de la civilización había llegado a un puerto seguro a partir del cual sólo marcarían alteraciones o tendencias los mercados y la globalización en ciernes. Un suceso tan espectacular como impensado vino a traernos la intranquilidad que no se vivía desde la crisis de los Misiles de Octubre, cuarenta años atrás. Cuando menos, da gusto que a esos burócratas de la razón les haya explotado su teoría en la cara.
Durante años (y desde sectores muy definidos del poder) se trató de imponer la profecía de que vendría una Tercera Guerra Mundial muy distinta de las dos anteriores, en la que el enemigo a combatir sería el terrorismo. Ya se sabe, se necesita siempre de algún adversario para justificar lo que se hace o se deja de hacer. Sea que nos hayan convencido de que la profecía es cierta, o bien que algún día confirmemos las sospechas de que se la han terminado por inventar los propios interesados ante lo infructuoso de la espera, el caso es que el momento parece haber llegado.
Se suponía que en el siglo XXI nos estaba deparado un paraíso de revelaciones, que para entonces habríamos dejado atrás el fanatismo por el que la gente se mata entre sí y la inequidad que agranda día a día la brecha entre ricos y pobres. Sin embargo, el mundo parece atrapado en la engañosa disyuntiva de estos tiempos: por un lado el oscurantismo de las religiones, la ceguera de los nacionalismos y la credulidad omnipresente de la superchería; por el otro, la maquinaria pragmática de la civilización, con su saturación tecnológica, su capitalismo despiadado y la política insensible de sus relaciones exteriores. Parecen dos hemisferios opuestos, pero los males de uno están profundamente imbricados con los vicios del otro, hasta que ya no se distinguen las formas en la misma masa de apatía y crueldad.
Y ahora resulta que nos encontramos un extremista oculto en cada barrio, y un Gran Hermano capaz de bombardear la ciudad entera para tratar de erradicarlo. De algo podemos estar seguros: el uso de la violencia como arma de negociación o persuasión política no puede tolerarse. La condena al terrorismo debe ser unánime, universal y categórica. Ninguna excusa es válida. Pero además, se vuelve urgente encontrar la manera de reprimir a las naciones poderosas que toman represalias por su cuenta. Antes de que sea tarde.
El presidente de los Estados Unidos llegó a afirmar sin asomo de vergüenza que libra "una guerra del Bien contra el Mal". Hay que admitir que, si Bush representa el Bien y la Justicia -lo mismo que si estos valores estuviesen representados por el oscurantismo teocrático del mundo árabe-, no cabe duda de que estamos perdidos. El gobierno norteamericano debería empezar por reconocer el nefasto papel que jugó y sigue jugando para la economía y el libre desarrollo político y social del planeta.
Es de algún modo refrescante saber que el rock y el metal se han mantenido un tanto escépticos ante los discursos y la euforia punitiva del Gigante del Norte. Por supuesto que hubo quien dio la nota. Pero más allá de los exabruptos de Ted Nugent, el patrioterismo casi ingenuo de unos Manowar o la sensiblería oportunista a lo Bruce Springsteen, la inmensa mayoría se abstuvo de propagar las repercusiones del 11 de septiembre con sus dichos y, sobre todo, de aplaudir la cruzada vengadora que propone el despliegue del ejército por países del Tercer Mundo como si se tratase de un mero desfile militar. Y es que el rock en los Estados Unidos fue el primer objetivo de la censura y las listas negras apenas se produjo el atentado a las Torres Gemelas. Quiero creer que muchos de los artistas yanquis han sospechado con muy buen tino que no hay que promover los delirios represivos de un poder que está dispuesto a sacrificar las libertades individuales en cuanto se lo fortalece con un gramo de confianza ciega.
Quiero creer.
César Fuentes Rodríguez
(Este editorial apareció en la Revista española Heavy Rock allá por el 2002, cuando ya había corrido mucha agua bajo el puente después de lo de las Torres Gemelas, algunas declaraciones altisonantes y varios homenajes cuestionables)
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