|
El Enemigo Inminente
La noche que el joven Bilicio heredó el trono subió a pie la montaña en busca del oráculo, como era tradición en su casa. Tras la cortina de tul y los humos del incienso, adivinó la figura encorvada de la pitonisa y aguardó la revelación de su destino. Con una voz que no era la suya, la vieja le auguró gloria y renombre, vicisitud y trabajos: "Todos tus enemigos se volverán tus vasallos. Pero el último, que será diferente de los demás, te aplastará como a una mosca. Zumbarás tus estertores por un instante sobre el tapete; luego el silencio te engullirá y no quedarán de tí ni los vestigios".
Aquellas palabras quedaron clavadas en su alma con el peso de una obsesión. El reino de Bilicio era un pequeño feudo enclavado en un país sumido en el caos y la anarquía, donde todos peleaban contra todos por un palmo más de tierra o una afrenta nunca aclarada. Desde su ascensión misma, el joven rey tuvo que enfrentar amenazas y provocaciones por la codicia de sus vecinos y los derechos mal probados de otros pretendientes. Su primera victoria fue como un relámpago en la noche cerrada. Quienes no creían a aquel cachorro capaz siquiera de empuñar la espada, advirtieron demasiado tarde que ya estaba en la torre de la fortaleza izando su estandarte real. Uno tras otro fueron cayendo los castillos, las tierras, las ciudades en sus manos, producto de fieras batallas y marchas de conquista interminables. Cada reino obtenido era una gema más en su corona y, tal como el hado se había pronunciado, a su paso no quedaban enemigos sino aliados. Porque Bilicio era mucho mejor gobernante que guerrero, y su fama de rey piadoso y justo le ganaba más batallas que el acero o el fuego. A quienes se rendían ofrecía amistad, a quienes vencía obsequiaba perdón, y gustaba de ser admirado antes que temido, porque se decía a sí mismo que la admiración es simpatía y respeto apresados por el mismo puño.
El alma del monarca, sin embargo, no sabía de reposo y pasaba noches sin dormir pensando en la profecía. Pronto no quedó más que una casa por combatir, un reino más grande que todos los que él había anexado juntos, con un ejército que casi doblaba el suyo. Y la guerra era inminente. Bilicio cabalgó tres días hasta la frontera para entablar las debidas conversaciones de paz, que él sabía inútiles de antemano, porque el odio entre los dos pueblos se extendía a través de generaciones y la mecha ya estaba prendida. En el punto de reunión, se encontró con la gran noticia, tan fresca que ni sus espías habían alcanzado a comunicarle: el rey rival acababa de morir. Lo sucedía su hija, Medora. Un enemigo diferente. Una reina.
Las negociaciones fueron desastrosas y puede decirse que hasta precipitaron el conflicto. Los dos soberanos ni siquiera llegaron a entrevistarse. Medora tomó las condolencias por la muerte de su padre como un insulto o una burla. Montó a caballo y volvió grupas iracunda, de regreso a su heredad. Bilicio la vio marcharse petrificado; esa mujer hermosa y terrible, dominando el corcoveo de su cabalgadura, le había dedicado una mirada de rencor asfixiante como nadie jamás lo había hecho. Su destino estaba sellado. A partir de ese momento, se recluyó en su tienda y sólo se supo de él a través de un delegado. En poco menos de una semana, los ejércitos se hallaban frente a frente dispuestos a lanzarse uno sobre el otro con rabia incontenible. En aquellos tiempos caballerescos, todavía los líderes se reunían antes de la refriega para acordar los términos del combate. Bilicio salió de su refugio blanco como un cadáver. Medora tenía en los ojos aquel mismo brillo asesino. El oficiante leyó las cláusulas. Y entonces el rey se levantó como si fuera a firmar. Pero no llegó a la mesa. Ante el asombro general, se arrodilló a los pies de Medora y le ofreció su espada diciendo: "Yo no puedo pelear esta guerra. Desde que te vi, mi corazón ya no me pertenece, y no puedo pedirle que se vuelva contra su Dueña. La batalla ha de llevarse a cabo por el honor de mi gente. He nombrado a otro en mi lugar para comandar las tropas. Porque yo, aquí y ahora, me ofrezco como tu esclavo, para que me mates o hagas lo que quieras de mí. Un esclavo del amor". La estupefacción de quienes presenciaron aquel gesto singular no tuvo límite. Pero en Medora surtió un efecto inesperado. Aquellas palabras atravesaron su sensibilidad de mujer con más filo y más puntería que la lanza mejor dirigida. Las armas fueron depuestas, la guerra yació olvidada y, para hacer corta una larga historia, los amantes se casaron e hicieron del país un solo reino. No hubo jamás una esposa tan fiel y enamorada como Medora, ni un monarca tan poderoso como Bilicio, que envejeció rodeado de nietos, aunque nunca pudo apartar de sí la inquietud.
Vivió hasta avanzada edad preocupado por aquel último enemigo, que él pensaba que vendría de allende el mar, como un conquistador sanguinario, y por eso mantuvo al ejército entrenado, a pesar de que la paz era ley absoluta en sus dominios. Hasta que un día llegó al palacio un mendigo, y puesto que las reglas de hospitalidad obligaban a amparar a todos, se lo sentó a una mesa alejada en el banquete. El rey, algo borracho y melancólico entonces, comenzó a repetir las palabras del oráculo y a advertir acerca de los males que siempre nos acechan; una historia que todos conocían hasta el hartazgo. Fue en ese momento que el mendigo se levantó, y con una insolencia sin precedentes apostrofó al rey: "Está visto que la única cosa infinita que los mortales poseen es su propia vanidad. ¡Cómo no ven más allá de sus narices y de su era!... He aquí uno de los soberanos más bellos y magníficos que el mundo ha contemplado, lamentándose por su destino como un niño que ha perdido la mano de su madre en el mercado. ¿No te has dado cuenta aún de que ese último enemigo es el Tiempo, que a todos nos aplastará algún día? ¿Cómo quieres enfrentarte al Tiempo?". Y dicho esto, se marchó y nadie nunca lo volvió a ver una vez que traspuso el portal.
Sabido es que el rey a partir de entonces se rodeó de poetas y bardos que cantaban sin cesar las crónicas de aquellos días dorados. Su palacio fue capital de las artes y cuna de civilización. Y las historias gestadas allí fueron repetidas por los hombres junto al fuego durante milenios. Hasta que el zumbido fue debilitándose y, un instante después, como todo en este mundo, se apagó.
© César Fuentes Rodríguez
|